Llego hasta la habitación con la firme intención de dormir. Es la mejor manera para mantener la mente relajada tras una larga jornada de vaivenes personales.
Esta noche es especialmente calurosa, pero no me importa. Me gusta el calor de agosto que soy capaz de disfrutar. Levanto la mosquitera, no me importan los insectos. Especialmente hoy, prefiero dormir con la persiana levantada y correr el riesgo de que me profanen la sangre que quieran.
Me apoyo en el alféizar. Levanto la vista y distingo con total claridad cientos de estrellas. Cierro los ojos. Escucho el ladrido de un perro pequeño, el balbuceo de un niño que ya debería estar acostado, ruido de sartenes de mi vecino que sólo viene la noche de los miércoles o jueves buscando intimidad con su chica. Una ligera brisa. Debemos rondar los 30 grados.
Abro los ojos y allí siguen. Los cientos de estrellas anunciando su muerte y su nacimiento. Brillando intermitentemente. Creo poder distinguir alguna más que antes. Una campanada anunciando la media hora me saca de mis pensamientos y vuelvo a escuchar las risas de una chica desde más allá de la plaza.
No lo cambiaría por nada. Mis sonrisas se mezclan con mis lágrimas... ya nada me importa.
Mi nevera y yo
Hace 17 años

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